
En San Miguel de Tucumán hay una escena que se repite de manera previsible. Mientras el Municipio trabaja, ordena y da respuestas, un sector de la denominada “nueva política” elige indignarse. Mientras la gestión camina los barrios, otros caminan timelines. Y mientras Rossana Chahla gobierna, la política libertaria opina.
Desde que asumió la intendencia, Chahla cometió un pecado imperdonable para los cultores de la antipolítica: gestionar. Recuperó el rol del Estado municipal, volvió a poner al Municipio en la calle, en los barrios y en el espacio público. No con slogans ni frases ingeniosas, sino con políticas concretas, planificación y presencia.
Conviene recordar un dato que el ruido intenta tapar: Rossana Chahla es nueva en la política partidaria, pero no en la gestión. Mucho antes de ser intendenta, transformó la Maternidad de Tucumán, convirtiéndola en un centro de referencia sanitaria en el NOA, con profesionalismo, eficiencia y sensibilidad humana. Y durante la pandemia, le tocó una de las responsabilidades más difíciles que puede enfrentar un funcionario: gestionar una crisis sanitaria inédita. Lo hizo con decisión, capacidad técnica y resultados reconocidos a nivel provincial y nacional.
Esa trayectoria (hechos, no relatos) es la que explica por qué obtuvo el respaldo político, partidario y ciudadano que la llevó a convertirse en la primera mujer intendenta de San Miguel de Tucumán en la historia. No llegó por marketing ni por gritar más fuerte: llegó porque supo gestionar con decisión cuando hizo falta.
Una de sus primeras acciones de gobierno en el Municipio fue devolver la Asistencia Pública, que volvió a ser lo que nunca debió dejar de ser: una política de cuidado y cercanía. Mientras algunos explican por qué el Estado “no debería estar”, el Municipio está. Y responde.
Otra decisión que incomodó fue abrir la gestión a la participación ciudadana real. Los presupuestos participativos devolvieron a los vecinos la posibilidad de decidir prioridades concretas. Un detalle menor para quienes prefieren la democracia de escritorio, pero fundamental para una ciudad que quiere ordenarse con legitimidad social. Democracia con vecinos, no con consignas.
Nada de esto encaja en el libreto del enojo permanente. Por eso, frente a una gestión que muestra resultados, la reacción es siempre la misma: ataque personal, descalificación y ruido. De los libertarios, no hay ni habrá propuestas para San Miguel de Tucumán. No hay un modelo alternativo de ciudad. Solo hay tweets, provocaciones y una obsesión doctrinaria con la idea de que el Estado sobra… salvo cuando hay que criticarlo todos los días.
La diferencia entre modelos es sencilla de explicar. De un lado, una intendenta que gestionó hospitales, enfrentó una pandemia y hoy gobierna una ciudad compleja. Del otro, dirigentes que nunca gestionaron ni un kiosco, pero opinan de todo.
Gobernar una ciudad no es opinar sobre ella: es asumir responsabilidades. Y eso, claramente, no entusiasma a todos. Rossana Chahla gobierna con cercanía, humanidad y presencia. Da la cara cuando hay problemas y trabaja para resolverlos. Ese estilo resulta especialmente irritante para quienes creen que la política se hace mejor desde la comodidad del ataque permanente.
Por eso hoy hay tanto ruido. Porque cuando el Estado municipal funciona, la antipolítica queda desnuda. Defender la gestión que con mucho orgullo integro no es un acto partidario ni personalista: es defender una forma de gobernar que entiende que el Estado local no es un obstáculo, sino una herramienta imprescindible para mejorar la vida urbana.
En tiempos donde abundan los opinadores profesionales y escasean los gestores, San Miguel de Tucumán eligió un camino distinto. Uno en el que se gobierna más de lo que se declama, se hace más de lo que se grita y se camina más de lo que se tuitea. Todo lo demás es ironía involuntaria.
El autor de esta columna es Subsecretario de Comunicación de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán.