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Dicen que el tiempo es tirano, que es una fuerza imparable que nosotros navegamos y atravesamos a través de nuestra vida. El tiempo permanece, nosotros, físicamente, no. Pero hay alguien que le gusta desafiar los límites conocidos de la humanidad, de transformar el deporte más popular en todos en una anomalía para los estudiosos y un espectáculo para los que aman este juego. Un show que tiene trascendencia hace más de 20 años. Es como que en cada función, el tiempo se detiene. Porque en distintos instantes, logra quedar perpetuado en cada obra que engendra a través de su espíritu competitivo que se canaliza en algo tan simple como insólito: su deseo de jugar a la pelota, de volver a ganar, de ayudar a su país, de ser, simplemente él, porque cuando juega al fútbol, el mundo se frena y el tiempo no tiene lugar.
La expectativa era enorme, una vez más para otra presentación de Argentina. La fiebre mundialista y el "escaso" clima de Copa del Mundo que decían los herejes que no había, queda en el recuerdo: todos están subidos a la Scaloneta de la mano de Lionel Messi. La gente mira apurada su reloj para que los compromisos queden relegados, los más pequeños refunfuñan porque deben ir al colegio, aunque no saben que les espera una experiencia única, y algunos laburantes miran las calles que menos congestionadas pueden estar, aunque es una tarea titánica; otros, simplemente ya van poniendo la televisión en su puesto de trabajo para ser un soldado más de la Selección y que los deberes queden vistos de reojo, por lo menos, por dos horas. Algunos priorizan la cábala mientras otros cortan clavos por no poder repetirla. Los bocinazos empiezan a hacerse notar y es sinónimo de que el partido está por arrancar.

Contra un equipo más ordenado y proliijo como Austria, Argentina quería desorganizar la lúcida estantería europea con ese juego de potrero que rompe las pizarras de los más analíticos. El encuentro arrancó de la mejor manera, con enlaces albicelestes para que al "Toro" Martínez lo destruyan entre dos dentro del área. La chance de convertir para el mejor de todos los tiempos y empezar a controlar un partido que iba a ser parejo. El 10 se para frente a la pelota, suspira y mirá al fan de CR7, pero el arquero, ni lento ni perezoso, atina a esperar, como si ese fanatismo por el astro luso lo lleve a competir de igual a igual contra Messi. Demasiado cruzado. Los celulares que esperaban tener un hito en su memoria, son guardados con algo de decepción y los argentinos, nos agarramos la cabeza. Y nos hace acordar, que, a pesar de ir contra el tiempo y la biología, Messi es humano. Lo que pensamos que iba a ser romper el récord de la mayor cantidad de goles en Mundiales, termina siendo el de mayor cantidad de penales errados en tiempo regular. Bueno, imagino que un quebrador de marcas quiere tenerlas a todas ¿No?
Sin embargo, el equipo no nos deja tirados. Y si bien Messi estaba saliendo de su nebulosa mental por el fallo, logra reponerse a través de la palabra que mejor lo define en su vida, y que es el que nos inspira a todos en cada paso: resiliencia. Transición rápida y de nuevo, la jugada de toda la vida. Apertura a "Jordi" Medina, centro atrás, Almada con ojos en la nuca y el GOAT con la conexión más linda de todas: el esférico y su pie zurdo, que agarra a contrapierna al villano de turno que ya no sonríe. Todo es felicidad, la angustia guardada, es exteriorizada. En parte era por el trámite de partido, y también, porque el mundo parecía conspirar, como tantas veces, ante nuestro 10. No fue así, y torció la historia. El destino tiene sus hilos tramposos y sorpresivos, porque la máxima anotación en la historia de los mundiales no podía ser con un vulgar tiro penal. Debía ser, como lo demanda su historia, a lo Messi.

De nuevo, no ahondaré en detalles futbolísticos pero en síntesis Argentina no necesitó de dominar la tenencia del balón para no sufrir; aunque siempre los pesimistas de turno encuentran manchas en la ropa más inmaculada: no es que ven el vaso medio vacío, es que directamente no ven el vaso. Y sin sobresaltos, Argentina tuvo para liquidarlo con situaciones de Nicolás González y Julián Álvarez. Y en un desvío de un remate austríaco, la pelota se imantó en el pie de Messi, que lideró y habilitó a Julián Álvarez que no pudo finiquitar la faena pero tras Paredes mediante y un control como si fuera un paso de ballet con la espuela, el GOAT amagó, y ante la muralla roja y blanca, la pelota quedó bollando; como si fuera un cazador buscando su presa, y a sus 39 años, el pibe que no le pasa el tiempo se arroja al suelo con alma y vida, su único fin es anotar gol, su meta es terminar el partido e implicitamente, escribir otra historia dorada. Una más para el cuaderno. Su mejor amigo besa la red y el grito es de un alivio tremendo. Volvió a ser ese niño de Grandoli que la número 5 era y es todo. Mejor dicho, lo sigue siendo.
A 40 años de la obra de Diego Maradona ante los ingleses, donde vimos sus dos caras: la picardía de D10S y la magia del mortal más inmortal de todos los tiempos; Messi repite con la misma sinfonía: se equivoca para demostrarnos que es humano, pero se levanta para ver que el talento va más allá de la selección natural. Levantarse y seguir. Y volver a mancharse, porque su Majestad no teme meterse en el barro por el bien colectivo. Celebramos que es el máximo anotar de Mundiales, Él celebra conseguir una victoria más y llegar tranquilo al último partido de grupos. El don de reescribir la historia en cada momento. Y con una sonrisa, recordándonos de que el tiempo, pone todo en su lugar.

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