
Imagen realizada con IA.-
Para la sociología, escuchar no es simplemente un acto fisiológico. Es una construcción social y cultural: el vehículo principal para la interacción humana, la forma de validar al otro y la base sobre la que se construye comunidad. Escuchar parece algo simple, pero para algunos resulta imposible. Y cuando no se escucha, aparece la intolerancia: esa actitud rígida, excluyente y soberbia que termina desconociendo las necesidades y las voces de los demás.
Eso fue, en gran parte, lo que ocurrió con los estudiantes de la Escuela Normal y con tantas otras comunidades educativas de Tucumán.
Durante meses, adolescentes advirtieron que las cosas no estaban bien. Hablaron de ratas, techos que se llueven, aulas con pisos intransitables, falta de materiales, escasez de docentes, problemas de limpieza y recortes de horas. Hicieron lo que correspondía: presentaron notas, pidieron reuniones, buscaron diálogo con directivos, supervisores y autoridades. Nadie los escuchó.
Las notas quedaron archivadas en escritorios. Los reclamos durmieron “el sueño de los justos”. Incluso el supervisor, que tiene oficina dentro de la institución, pareció no ver ni escuchar lo que estaba ocurriendo frente a sus propios ojos.
Entonces sucedió algo tan triste como revelador: los adolescentes tuvieron que tomar una decisión adulta. Cerraron su escuela. Ese lugar que debería ser sagrado porque allí se forman ciudadanos, valores y futuro. Lo hicieron porque los adultos fallaron.
Y la Escuela Normal no es un caso aislado.

En distintos puntos de la provincia hay familias educativas que tampoco se sienten escuchadas. Padres que presentan expedientes, denuncias y pedidos formales sin obtener respuestas. El caso de la Escuela Agrotécnica de Estación Aráoz es otro ejemplo doloroso. Allí, según denuncian los padres, durante años convivieron con aulas deterioradas, baños destruidos, talleres sin insumos, problemas de higiene, inseguridad y graves irregularidades administrativas.
Los padres aseguran haber acudido en reiteradas oportunidades al Ministerio de Educación. Presentaron expedientes, enviaron pruebas, pidieron intervención. La respuesta, según relatan, fue siempre la misma: paciencia. Mientras tanto, fueron ellos mismos quienes organizaron rifas, compraron materiales, repararon baños, colocaron luminarias y levantaron nuevamente una escuela que sentían abandonada.
La pregunta es inevitable: ¿cuántas veces más deben hablar las familias para que alguien las escuche? ¿Cuántas sentadas más hacen falta? ¿O acaso algunas autoridades creen que porque ciertas escuelas están lejos del centro los problemas nunca llegan a los medios?.
Hasta aquí, lo preocupante.
Pero hubo también una reacción que deja varias lecturas políticas. La protesta estudiantil terminó generando lo que el propio sistema educativo no había logrado: abrir un verdadero canal de diálogo. Fue el gobernador, Osvaldo Jaldo quien recibió personalmente al Centro de Estudiantes. Lo hizo, además, sin funcionarios del área educativa en la mesa principal. Escuchó a los alumnos, habló con ellos y destrabó una situación que jamás debería haber escalado a semejante nivel.
¿Está mal escuchar a adolescentes?, claro que no. A veces son justamente esas miradas jóvenes las que permiten ver lo que muchos adultos esconden detrás de la burocracia, las excusas o la soberbia.

Ahora llega la etapa más importante: actuar.
La gestión educativa necesita corregir mucho más que cuestiones administrativas.
Los chicos deben ir a la escuela a estudiar y los docentes a enseñar, pero en condiciones dignas. Con salarios acordes, aulas seguras, pizarrones en condiciones, ventanas, puertas, mesas y sillas adecuadas. Ahí es donde realmente hay que ajustar las tuercas.
La escuela es, muchas veces, la segunda casa. Y para muchos chicos, incluso la primera: el lugar donde encuentran contención, amigos y una pausa frente a las dificultades cotidianas de sus hogares.
Ojalá este conflicto sirva como punto de partida para poner a la educación en el lugar que verdaderamente merece: el centro de las prioridades. No en los discursos. No en los slogans. En los hechos.
Porque el Tucumán que soñamos no puede construirse mirando para otro lado mientras las escuelas se caen a pedazos.
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