Dólar Oficial
$1.535
Dólar Blue
$1.540
Dólar Tarjeta
$1.995,50
Euro
€1.701,16
Real
R$304,31
Azúcar Tucumán · 50kg
$36.375
Azúcar Int. · Londres N5
US$24,707
Azúcar Int. · EEUU N11
US$423,29
Bioetanol de caña ($/L)
1.083
Bioetanol de maíz ($/L)
992.806

La mostaza puede aportar mucho más que un ingrediente para la cocina. En Tucumán, investigadores del INTA Famaillá estudian su capacidad para ayudar a controlar organismos que afectan a los cultivos y mejorar las condiciones del suelo. Los ensayos buscan conocer cómo aprovechar esas propiedades en la horticultura, la producción de granos y los viveros forestales, como parte de un manejo que permita reducir la dependencia de insumos químicos.
La clave está en lo que ocurre cuando la planta se descompone. Durante ese proceso libera isotiocianatos, compuestos que pueden actuar contra distintos organismos perjudiciales para los cultivos. “La técnica se basa en el efecto que produce la descomposición de la mostaza incorporada al suelo”, explicó María de los Ángeles Quinteros, investigadora del INTA Famaillá. Esa capacidad se conoce como efecto biofumigante y es uno de los principales aspectos que analiza el equipo.
Los antecedentes en tomate alentaron la continuidad de las investigaciones. En ese cultivo, los estudios previos registraron una disminución de las poblaciones de nematodos y hongos fitopatógenos, organismos que pueden dañar las plantas y comprometer la producción. A partir de esos resultados, los especialistas ampliaron los ensayos para evaluar el comportamiento de la mostaza en otros sistemas y bajo diferentes formas de manejo.
Cómo se utiliza en frutilla y en granos
En frutilla, el procedimiento combina la incorporación de la biomasa de mostaza al suelo con un riego abundante y una cobertura de plástico transparente. El objetivo es favorecer la fermentación del material vegetal y elevar la temperatura del suelo. La combinación, denominada biosolarización, refuerza el efecto biofumigante y contribuye al manejo de los organismos perjudiciales presentes en el terreno.
El interés por esta práctica también responde a otros beneficios. “Además de reducir la presión de patógenos, esta práctica permite disminuir el uso de agroquímicos, herbicidas y nematicidas”, señaló Quinteros. Según explicó, también mejora el contenido de materia orgánica y la disponibilidad de nitrógeno. Así, la investigación contempla tanto el control de organismos dañinos como las condiciones del suelo en el que crecerá el siguiente cultivo.
En los ensayos con granos de primavera y verano, el manejo cambia por la extensión de las superficies: no se utiliza plástico. La mostaza se corta y queda sobre el suelo unos 40 días antes de sembrar el cultivo destinado a la producción comercial. Durante ese período, el material vegetal se descompone, libera los compuestos vinculados con la biofumigación y aporta materia orgánica.
Variedades y trabajo conjunto en Tucumán
Uno de los materiales evaluados es Delfina INTA, una variedad de mostaza blanca (Sinapis alba) desarrollada por el investigador Ignacio Paunero en el INTA. Es comestible y presenta propiedades biofumigantes. En Famaillá se estudia su desempeño como cultivo de servicio, es decir, por los beneficios que puede brindar al sistema productivo: contribuir al control de nematodos, hongos y malezas, aportar materia orgánica y favorecer las propiedades físicas y la actividad biológica del suelo.
El equipo también evalúa Santa Catalina UNLP, un cultivar de mostaza india (Brassica juncea) desarrollado en la Estación Experimental Santa Catalina de la Universidad Nacional de La Plata, con la participación de Omar Perniola y su equipo. El trabajo reúne al INTA Famaillá, esa estación experimental y la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, donde participa la docente e investigadora Silvia Chorzempa. Los ensayos analizan su efecto biofumigante y sus aportes al manejo de malezas y a la salud del suelo.
Para seguir el desarrollo de los cultivos, la investigación incorpora imágenes satelitales, registros aéreos y drones, en colaboración con Gustavo Martos y su equipo del Conicet. Estas herramientas permiten estimar la cobertura y la biomasa, calcular índices de vegetación y humedad y elaborar mapas de los distintos ambientes productivos. La actividad se articula con Cristina Morales, Karina Zelaya y Pablo Benedetti. En paralelo, junto con Pablo Saravia, se evalúa el comportamiento de Sinapis alba frente a nematodos, hongos y malezas en el vivero forestal de la estación experimental de Famaillá.
Los estudios buscan precisar en qué condiciones estas mostazas pueden incorporarse al manejo integrado de los cultivos. Además del efecto sobre organismos perjudiciales, se analiza su aporte a la reducción de la erosión y al cuidado de la biodiversidad. “Estas especies permiten aportar materia orgánica y favorecer las condiciones físicas y biológicas del suelo”, destacó Quinteros. Ese es el horizonte del trabajo: generar información que permita aprovechar sus beneficios productivos y ambientales en diferentes sistemas.