
Estudiantes del Centro Educativo Rural (CER) Pilca Viejo, ubicado en la zona de Pilcaniyeu, en Río Negro, llevaron adelante un proyecto que puso en evidencia el rol clave de los microorganismos en la formación de materia orgánica y en la recuperación de suelos degradados. La iniciativa surgió a partir de las dificultades que enfrentan para producir en un ambiente hostil.
La escuela agrotécnica, creada por la Fundación Cruzada Patagónica, se encuentra en plena estepa patagónica, un ecosistema caracterizado por suelos pedregosos, un régimen de lluvias escaso —entre 150 y 250 milímetros anuales— y un clima frío y seco. A esto se suman vientos intensos y persistentes que favorecen la erosión eólica, lo que reduce la cobertura vegetal y limita la acumulación de materia orgánica y la presencia de microorganismos beneficiosos esenciales para la fertilidad.
En ese contexto, el CER Pilca Viejo impulsa huertas agroecológicas familiares y comunitarias para fortalecer la seguridad alimentaria y generar aprendizajes prácticos sobre manejo sustentable del suelo. Sin embargo, la baja calidad estructural y biológica del terreno llevó a docentes y alumnos a buscar alternativas para regenerar su vida microbiana, entre ellas la elaboración de bokashi, un abono orgánico fermentado de origen japonés producido mediante descomposición aeróbica controlada de residuos vegetales y animales.
A diferencia del compost tradicional, el bokashi incorpora consorcios de microorganismos como bacterias fotosintéticas, levaduras y actinomicetos, que actúan de manera sinérgica acelerando la descomposición y reduciendo olores. Para identificar microorganismos útiles presentes en la región, alumnos de tercer año diseñaron 25 “trampas de arroz”, colocadas en distintos sectores del predio escolar. El método consistió en utilizar vasos plásticos perforados en la base, con arroz cocido hasta la mitad y cubiertos con tela o malla, sujetos con una banda elástica.
Obervación, registro y resultados
Luego de 14 días, los estudiantes retiraron las trampas para observar los resultados y diferenciar microorganismos beneficiosos —asociados a colores blanco, verde o amarillo— de posibles patógenos, vinculados a tonalidades marrón, rojo o gris. Con esa información, detectaron el área del campo con mayor diversidad microbiana y avanzaron en un experimento comparativo para elaborar bokashi utilizando distintas variantes de sustrato energético: bagazo, malta, semitín y cascarilla de cacao, combinadas con diferentes fuentes de microorganismos recolectados.
La fermentación se extendió durante 16 días e incluyó volteos diarios y control de temperatura, humedad y olor. El proceso fue monitoreado dos veces por semana con planillas de seguimiento y se consideró maduro cuando se estabilizó la temperatura, apareció olor a tierra fértil y no hubo signos de putrefacción. Si bien todos los ensayos mostraron avances importantes, el tratamiento con malta seca alcanzó el mayor nivel de descomposición, cercano al 80%.
El proyecto recibió una mención especial en el programa educativo “Así son los suelos de mi país” y continuará con nuevas mediciones, como densidad microbiana e impacto del abono en los cultivos, con la idea de extender la práctica a huertas familiares y comunitarias.