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Vicario parroquial de la localidad azucarera de San Pablo, Raúl Sánchez, oficiando una misa en la sede del sindicato de obreros del ingenio, en repudio por los despidos de un centenar de trabajadores en enero de 1968.
La crisis que atravesaron los pueblos azucareros tucumanos durante la década de 1960 tuvo protagonistas que excedieron a los trabajadores, los sindicatos, las patronales y los gobiernos. Los curas párrocos también ocuparon un lugar relevante: fueron mediadores, acompañaron reclamos, participaron de organizaciones comunitarias y, en determinados conflictos, contribuyeron a legitimar las protestas. Esa dimensión es parte de las investigaciones que llevan adelante las historiadoras Lucía Santos Lepera y Florencia Gutiérrez, quienes analizaron particularmente el caso de San Pablo en el libro Los pueblos azucareros frente al colapso. Resistencias locales al cierre de ingenios en Tucumán.
Para Santos Lepera, observar aquellos años desde una perspectiva local permite comprender que no existió una única experiencia frente a la crisis. “Más que el cierre de ingenios fueron los cierres”, explica en diálogo con Tendencia de Noticias. Cada pueblo tuvo sus particularidades y la conflictividad no se limitó a aquellos lugares donde las fábricas fueron clausuradas. También alcanzó a comunidades como San Pablo, cuyo ingenio continuó funcionando pero atravesó un fuerte conflicto después del despido de un centenar de trabajadores en enero de 1968. El caso permitió a las investigadoras estudiar cómo interactuaron obreros, dirigentes sindicales, patronales y sacerdotes en un contexto atravesado por una creciente tensión social.

La presencia de los párrocos en esas disputas no implicó, aclara la historiadora, que ocuparan el lugar de los dirigentes sindicales. La FOTIA estaba fuertemente condicionada por la dictadura, con su personería retirada y sus trabajadores y referentes perseguidos, pero los dirigentes locales continuaban canalizando las demandas obreras. Los sacerdotes aportaban algo diferente: una autoridad construida durante años de convivencia con esas comunidades. Eran figuras conocidas por trabajadores y familias, y tenían una tradición previa como intermediarios frente a distintos poderes. “Estos curas en realidad lo que hacen es potenciar, legitimar las protestas”, sintetiza Santos Lepera. Los sacerdotes podían transformarse entonces en interlocutores de ese conjunto y mediar con el Estado, las patronales y los dirigentes.
Una autoridad que venía de antes
El protagonismo que adquirieron los curas durante la crisis no nació de un día para otro. Según explica Santos Lepera, respondía también al lugar tradicional que habían ocupado como mediadores sociales en las comunidades. Su feligresía estaba formada por esos mismos obreros y sus familias, y existían vínculos previos entre sacerdotes y organizaciones sindicales. Sobre esa trama conocida irrumpió, además, un cambio dentro de la propia Iglesia: el clima posterior al Concilio Vaticano II alentó un mayor compromiso con la problemática social y con el mundo del trabajo. En Argentina, esa transformación tendría una expresión particular en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.
En ese contexto aparecen con fuerza las figuras de los sacerdotes Pedro Wurschmidt y Raúl Sánchez, que no se limitaron a acompañar simbólicamente los conflictos sino que se involucraron de manera directa en la defensa de los trabajadores. Le pusieron el cuerpo a las protestas, participaron de las comisiones prodefensa y de las mediaciones con las autoridades, y su intervención llegó a un punto de alta exposición: uno de ellos fue detenido en el marco de la conflictividad.
Ese posicionamiento también tensionó la relación que algunos sacerdotes mantenían con las patronales. En pueblos como San Pablo existían vínculos históricos entre la Iglesia y los propietarios del ingenio, que habían colaborado con parroquias, actividades sociales y celebraciones religiosas. Pero el acompañamiento a los trabajadores introdujo una ruptura dentro de esa relación.
¿Fue exitosa aquella intervención? Santos Lepera prefiere matizar la respuesta. Si el parámetro es haber impedido los cierres, el resultado fue limitado: menciona a Bella Vista como la excepción en la que la movilización y la comisión prodefensa consiguieron revertir la medida. Pero si se observa el proceso desde otra perspectiva, considera que los sacerdotes tuvieron “un rol clave en legitimar, en potenciar, en articular la resistencia y después la oposición a la dictadura de Onganía”. Su palabra tenía un peso cotidiano: eran hombres escuchados cada domingo por trabajadores, mujeres y familias completas, y desde ese lugar aportaron herramientas para expresar demandas que atravesaban a toda la comunidad.