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Hay reconocimientos que condensan mucho más que una cantidad de años. Durante el acto por el 117° aniversario de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC), Jorge Scandaliaris recibió una medalla por sus 50 años de servicio a la institución. Ingeniero agrónomo, investigador y uno de los nombres de referencia de la actividad azucarera tucumana, a sus 82 años continúa vinculado a la Experimental. La distinción puso una cifra a una trayectoria extensa, pero detrás de ese medio siglo hay una historia que empezó bastante antes de que la caña de azúcar apareciera en su camino.
Scandaliaris nació en Brasil. Sus padres habían llegado allí desde Europa después de atravesar guerras y enormes dificultades. Su padre, de origen griego, había servido en la Marina y sobrevivido a bombardeos; después la familia pasó por Uruguay y, cuando Jorge tenía seis años, llegó a Tucumán. Aquí, su padre terminó trabajando como carpintero y su madre, además de sostener la casa, cosía hasta altas horas de la noche para ayudar a la economía familiar. Aquellas imágenes quedaron grabadas. “Uno se impone una misión en la vida”, explica a Tendencia de Noticias al recordar por qué desde muy joven sintió la necesidad de prepararse, progresar y, sobre todo, hacer algo que tuviera sentido más allá de sí mismo.

Primero fue perito agrónomo, egresado de la Escuela de Agricultura. Después quiso seguir estudiando, aunque no fue sencillo. Finalmente, con el esfuerzo de su familia, pudo cursar Agronomía en la Universidad Nacional de Tucumán. Se recibió a los 26 años. Pero su formación nunca transcurrió solamente dentro de las aulas: mientras estudiaba llegó a sostener tres trabajos. Fue docente en la misma Escuela de Agricultura de la que acababa de egresar, trabajó en la Facultad y participó del desarrollo de una finca durante fines de semana y feriados. Sus jornadas podían extenderse durante 12 o 14 horas.
Cuando habla de aquellos años, sin embargo, evita presentar el esfuerzo como padecimiento. Esa idea atraviesa toda su historia. “Para mí era un sacrificio, no; todo lo contrario, era disfrutar más intensamente de las oportunidades que me daba la vida”, recuerda. Hubo noches en las que se quedó dormido sobre una mesa mientras estudiaba, sabiendo que a las seis de la mañana debía levantarse otra vez. No tenía prácticamente vida nocturna y buena parte de su tiempo estaba ocupado entre libros y obligaciones. Pero él lo entendía de otra manera: su diversión, dice, era “hacer cosas, prepararme”. Había una meta detrás de aquella exigencia: no quería simplemente pasar por la vida, sino dejar una huella.
El encuentro con la caña
Scandaliaris se recibió en 1970 y prácticamente de inmediato quedó incorporado como docente investigador en la Facultad. Por entonces trabajaba con cultivos como maní, soja y algodón. La caña todavía no era su especialidad. El giro llegó en 1976, cuando recibió el ofrecimiento del profesor Jorge Mariotti para incorporarse a la Estación Experimental y cambiar de cultivo. Aceptó. Conocía desde afuera el peso que tenía la institución en Tucumán y encontró allí el espacio para desplegar aquello que llevaba años buscando. “Para mí resultó un ambiente sumamente apropiado para desarrollar todos mis sueños”, resume. La EEAOC le ofreció, además, una vinculación directa con los problemas concretos del sector productivo.
No hubo, asegura, una fascinación previa que lo hubiera llevado inevitablemente hacia el azúcar. La caña fue una circunstancia que convirtió en vocación. Llegó a ella con la misma intensidad que había puesto en los otros cultivos y pronto comenzó a involucrarse con las necesidades de una agroindustria central para Tucumán.

El camino de Jorge no se hizo en solitario, hubo una familia sosteniendo esa entrega. Casado desde los 28 años, padre de tres hijos y hoy abuelo de siete nietos, recuerda especialmente el respaldo de su esposa cuando debió viajar a Estados Unidos durante tres meses y medio para capacitarse enviado por el CONICET. “Yo te acompaño en todo lo que necesites”, le dijo entonces. Con los años, aquella combinación de formación, trabajo y presencia permanente en los momentos difíciles terminó convirtiéndolo en una voz reconocida dentro de la actividad. “Yo quería que la vida no pasara por los años, sino que se conociera por los hechos”, dice.
Cuando parecía que el azúcar no tenía futuro
Quizás la prueba más dura llegó a comienzos de los años 90. La desregulación de la actividad azucarera modificó radicalmente las reglas bajo las cuales había funcionado el sector. Scandaliaris participó activamente de un estudio para la reconversión de la agroindustria y tuvo a su cargo pensar cambios profundos en el área agrícola que permitieran recuperar productividad y rentabilidad. Había, recuerda, unos 15.000 productores y una enorme incertidumbre. Fueron meses de jornadas interminables, algunas de hasta 14 horas, buscando respuestas para una actividad cuya continuidad muchos comenzaban a poner en duda.
Un día caminaba por calle Las Piedras rumbo a una reunión. Iba tan concentrado en los problemas que debía resolver que apenas prestaba atención al camino. Alguien le tocó la espalda. Era una persona a la que quería y respetaba, un profesor y exdecano de la Facultad que llevaba tiempo tratando de encontrarlo. El consejo fue contundente: abandonara el azúcar. “Yo no le veo la vuelta, la industria azucarera se termina en poco tiempo”, le dijo. Scandaliaris escuchó a quien consideraba una persona influyente y valiosa, pero siguió caminando con una preocupación todavía mayor. Si alguien como él ya no creía que hubiera salida, ¿qué quedaba? La respuesta que terminó dándose fue exactamente la contraria: “A esto hay que encontrarle la vuelta".

Décadas después, observa una industria que logró atravesar aquella crisis y encuentra allí una confirmación de su manera de entender el trabajo: perseverar cuando las circunstancias parecen indicar lo contrario. “Fijate lo que vale la pena, en determinado momento, hacer un esfuerzo”, reflexiona.
La medalla recibida medio siglo después encuentra a Scandaliaris todavía en actividad. Sigue vinculado a la EEAOC como investigador emérito y asesor, sin percibir remuneración; preside la Sociedad Argentina de Técnicos de la Caña de Azúcar (SATCA); y mantiene además su propia explotación productiva. Lo explica como una manera de devolver algo de lo recibido: “Todo lo que pueda devolver lo hago con el mayor de los gustos”.
A los 82 años, aquella idea que nació en una familia marcada por el esfuerzo permanece intacta. Cuando mira hacia atrás, dice sentirse plenamente compensado y no atribuye el camino recorrido a condiciones excepcionales: “Lo he conseguido con capacidad, con trabajo, con perseverancia, con darle continuidad a las cosas, con no aflojar en la vida”.