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OPINIÓN

La Madrid bajo el agua: entre la bronca del “otra vez” y la impotencia de ver la vida flotando

Heladeras, muebles, camas y recuerdos flotando dentro de las casas. Evacuados que duermen a la vera de la ruta y vecinos que se preguntan ¿hasta cuándo tener que empezar de nuevo? La inundación de marzo de 2026 volvió a golpear a La Madrid, para dejar al descubierto una mezcla de solidaridad, improvisación y una pregunta que se repite: ¿por qué siempre pasa lo mismo?.

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José Romero SilvaTendencia de noticias
13 mar, 2026 09:42 a. m. Actualizado: 13 mar, 2026 09:42 a. m. AR
La Madrid bajo el agua: entre la bronca del “otra vez” y la impotencia de ver la vida flotando

La imagen es difícil de olvidar. Heladeras flotando, muebles volcados, colchones empapados, puertas forzadas por el agua y camas casi pegadas al techo. En La

Madrid, mirar hacia cualquier lado significa encontrarse con lo mismo: agua.


Solo quienes lograron refugiarse en las plantas altas de las viviendas o sobre los techos conservan algunas de sus pertenencias relativamente secas. En el resto del pueblo, el silencio apenas es interrumpido por el sonido de la correntada corriendo con fuerza, por los golpes de los objetos arrastrados por el agua que chocan contra ventanas y puertas y por el ruido de los motores de las lanchas de rescate que se abren paso entre calles convertidas en canales.


La inundación no dio tregua desde el martes por la tarde. Las lluvias intensas y el agua que llegó desde la cuenca del dique Escaba obligaron a los habitantes de esta castigada localidad del sur tucumano a abandonar sus viviendas y trasladarse a los costados de la Ruta 157, otra vez, como en 2007 y 2015, solo por mencionar los antecedentes más recientes.


Escuelas, edificios públicos y barrios enteros quedaron bajo el agua.


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Desde arriba de una lancha que ayuda con el traslado de personas entre el pueblo y la ruta, se pueden apreciar dolorosas escenas: objetos flotando dentro de las viviendas y pertenencias que ya no tienen dueños golpeando contra las ventanas y puertas, como si el pueblo estuviera intentando expulsar lo poco que quedó en pie.


De tanto en tanto, desde una planta alta o desde un techo, aparece algún vecino que saluda a quienes pasan. Cuando la lancha se acerca, la vergüenza desaparece rápido. El pedido es casi siempre el mismo: comida, agua o lavandina para cuando llegue el momento de limpiar.


Miguel espera casi resignado en la puerta de su casa. Está en bóxer, con los ojos rojos de cansancio y de bronca. Acaba de llegar en una lancha que lo acercó desde la ruta para rescatar lo poco que le queda: algo de ropa seca, una toalla, jabón y un desodorante. Vive en La Madrid desde hace 30 años y ya atravesó tres inundaciones.


— ¿Cuándo uno se recupera de algo así? —le pregunto.


— Nunca —responde sin levantar la voz ni la mirada.


En la lancha Miguel habla poco. Observa alrededor, atento por si algún vecino hace señas para pedir ayuda. En el viaje de regreso hacia la ruta llevan pan para repartir. En el camino se detienen frente a una casa ubicada en una lomada. Allí vive un hombre que no tiene cómo alimentar a sus perros, encerrados desde hace días, cercados por el agua.


La lancha sigue su recorrido. Miguel vuelve a hablar. Cuenta que muchos vecinos deberán exigir ayuda económica para reconstruir lo perdido. Algunos tienen comercios y lo más probable es que no puedan volver a abrirlos.


“En la última inundación entregaron cocinas, colchones, camas, heladeras y también préstamos para comerciantes”, recuerda.


La conversación se interrumpe. Un policía pide despejar la lancha: un equipo de rescate debe ir a buscar a una mujer de 75 años que lleva tres días sin comer.


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A pocos kilómetros de allí, sobre la Ruta 157, se formó un pueblo paralelo. Un campamento improvisado donde miles de personas esperan que el agua baje para regresar a sus casas -o lo que queda de estas-.


Algunos duermen en sillas, otros sobre el asfalto, los niños en brazos de sus padres. Hay quienes pasan la noche dentro de autos o colectivos. Alrededor de los evacuados deambulan perros, cerdos, caballos y aves en jaulas, que también fueron rescatados del agua.


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Todo se comparte: el pan que llega, tortillas, sándwiches o lo que aparezca. La solidaridad está presente, pero la organización es escasa.


Voluntarios llegan desde distintos lugares con ropa, comida o artículos de limpieza. Sin embargo, muchas veces no hay coordinación. El jueves por la mañana se podían ver montañas de ropa mojándose al costado de la ruta, mientras muchas personas seguían sin nada seco para ponerse.


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Lo mismo ocurre con la comida: distintos grupos cocinan y reparten sin saber exactamente cuántas personas necesitan asistencia.


En medio de ese escenario caótico aparecen gestos solidarios, como el de un grupo de galleros que armó una parrilla y repartió choripanes entre los evacuados. Las intenciones son buenas, pero la falta de coordinación complica la logística.


La Madrid tiene más de 5.000 habitantes, según el último censo. La ruta se transformó en el principal centro de evacuados y los servicios básicos no alcanzan: faltan baños, limpieza y duchas.


Además, hay sectores del sur que todavía permanecen aislados por el agua.

Entre tanta improvisación, uno de los espacios que sí funciona con orden es el hospital de campaña del Ministerio de Salud. Profesionales recorren carpa por carpa para evaluar el estado de salud de grandes y chicos.


Las consultas más frecuentes son por picaduras de insectos y mordeduras de ratas y víboras, que siempre aparecen cuando el agua invade las casas. También hay muchas personas con diabetes que necesitan medicarse y tener un seguimiento.


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Mientras tanto, los niños intentan pasar el tiempo como pueden. Muchos juegan con el celular o directamente se meten al agua cerca de las lanchas, porque sus escuelas también quedaron inundadas y las clases tardarán en volver.


La escena se repite una vez más en la historia de La Madrid: un pueblo bajo el agua, miles de personas desplazadas y una pregunta que flota, igual que los muebles dentro de las casas.


¿Por qué siempre vuelve a pasar lo mismo?

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