
Y salió el sol, tanto en Tucumán como en Estados Unidos: cuando todo parecía oscurecerse, apareció el coraje de la Scaloneta para desatar una locura albiceleste.
Con el pitazo final y con la gente totalmente llevada por la adrenalina de una remontada inolvidable, tras soportar la angustia de sentirse eliminada, las lágrimas fueron de alegría y los cánticos se tornaron irreproducibles.

Como es buena costumbre, el corazón de San Miguel de Tucumán fue el lugar de unión para los queridos tucumanos; la Plaza Independencia fue una masa llena de esperanza e ilusión. Estamos vivos, más que nunca, y eso se notó en el júbilo de las personas que, a pesar de todos los problemas que se pueden transitar, tienen una alegría, aunque sea por un rato, para poder celebrar y que las grietas queden de lado.
Cada vez hay más fieles que se acercan a la procesión impulsados por la fe ciega. Hermanos de distintas familias. Fe que se hereda, fe que se contagia, fe que no pide explicaciones. El prójimo celeste y blanco se hace sentir en fechas que repercuten hondo en el corazón de un país que no olvida su origen. Que sea una celebración en paz, y que dejen festejar también.

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