
Foto: TDN
Hay historias que parecen escritas en distintos capítulos, pero que en realidad forman parte del mismo libro. La de Pedro Gramajo es una de ellas. Fue seminarista en su juventud, esposo, padre de cuatro hijos, viudo, docente, abuelo, servidor de la Iglesia y diácono. Este sábado, a las 10 de la mañana, en la Iglesia Catedral, el arzobispo de Tucumán, Carlos Sánchez, lo ordenará sacerdote, culminando un camino vocacional que comenzó hace casi cinco décadas y que, según él mismo reconoce, "Dios fue escribiendo derecho en renglones torcidos".
Su historia comenzó a fines de los años 70, cuando ingresó al Seminario Mayor. Permaneció allí durante seis años, hasta que un profundo discernimiento lo llevó a comprender que todavía no era el momento de convertirse en sacerdote. Regresó a la vida cotidiana, volvió con su familia y comenzó a trabajar. Fue entonces cuando la amistad con una joven de su parroquia se transformó en amor. Aquella mujer, Patricia, se convertiría en su esposa y compañera de vida.
"Mi matrimonio fue feliz", recuerda Gramajo. Juntos construyeron una familia, atravesaron alegrías, dificultades y criaron a cuatro hijos. Pero el destino volvió a cambiar sus planes cuando Patricia falleció inesperadamente. A partir de ese momento, toda su energía estuvo puesta en sacar adelante a sus hijos, una experiencia que, asegura, terminó enriqueciendo profundamente su futura vocación sacerdotal.

"He tocado varias orillas de la vida. Viví momentos difíciles, conocí el dolor y eso hoy me permite acercarme a quienes sufren desde un lugar distinto", reflexiona. Para él, haber sido esposo, padre y trabajador le permitió comprender realidades humanas que hoy forman parte de su ministerio.
Aunque durante muchos años creyó que su camino sería el diaconado permanente, una conversación con quien entonces era párroco de la iglesia Montserrat, Carlos Sánchez, cambió nuevamente el rumbo de su vida. "¿Querés ser sacerdote?", fue la pregunta que comenzó un nuevo proceso de discernimiento que terminaría conduciéndolo nuevamente hacia la vocación que había sentido de joven.

Gramajo suele contar una conversación que tuvo con su esposa antes de su fallecimiento y que hoy adquiere un significado especial. Mientras hablaban sobre el futuro, ella le pidió que, si algún día ella faltaba, no dejara de seguir aquel camino al que Dios lo había llamado años atrás. En aquel momento él interpretó esas palabras como una invitación al diaconado permanente. Con el paso del tiempo comprendió que ese llamado iba mucho más allá.
Durante este proceso también encontró el respaldo de sus hijos, quienes, según relata, comprendieron que esta nueva etapa no implicaba alejarse de ellos sino responder a una vocación de vida. "Fueron muy generosos conmigo y siguen siéndolo", afirma con emoción.
Hoy, a pocas horas de convertirse en sacerdote, asegura que el sentimiento que domina su corazón es el agradecimiento. "Doy gracias porque el Señor me mira con ternura. Esa mirada me conmueve y me hace agradecer. Lo que voy a vivir me llena de alegría", expresa.

La celebración de este sábado marcará el inicio formal de su ministerio sacerdotal, pero para quienes conocen su historia representa también el cierre de un largo recorrido de fe, atravesado por el amor, las pérdidas, el servicio y la esperanza. Una historia en la que, como él mismo resume, Dios nunca dejó de acompañarlo.