
Hay pérdidas que paralizan y otras que obligan a seguir caminando, incluso cuando todavía cuesta entender lo que pasó. Para Macarena Ramos, ingeniera agrónoma y dirigente agropecuaria, la muerte repentina de su padre Raúl en febrero de 2020 significó un antes y un después. Tenía una carrera orientada a la investigación, trabajaba en la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres y vivía en San Miguel de Tucumán. Pero una llamada en medio del fin de semana de Carnaval cambió el rumbo de su historia. “Mientras volvía a Tucumán yo sabía que a mi trabajo no volvía y que me venía al campo a ver qué íbamos a hacer”, recuerda.
A los 34 años, junto con su madre Viviana y su hermana menor Micaela, asumió la responsabilidad de sostener la empresa agropecuaria familiar en La Ramada, una localidad ubicada a 40 kilómetros al noreste de San Miguel de Tucumán. El golpe fue devastador: su padre falleció de un infarto masivo a los 57 años, apenas un mes antes de la pandemia. Sin embargo, el calendario productivo no dio margen para el duelo. “Mi papá falleció un lunes y el martes ya estábamos con mi mamá y mi hermana saliendo a sembrar porotos. En el campo los tiempos son así”, cuenta en diálogo con Tendencia de Noticias.

La decisión de continuar nunca estuvo en discusión. Las tres mujeres tomaron las riendas de una actividad que conocían desde chicas y que formaba parte de la identidad familiar. “Nunca dudamos. Como sea, pero vamos para adelante”, afirma Macarena, convencida de que el mejor homenaje a su padre era sostener el proyecto que él había construido durante décadas.
Los recuerdos de la infancia aparecen ligados a la tierra, las máquinas y los caminos rurales. Desde muy pequeñas, ella y su hermana acompañaban a su padre durante las recorridas por los lotes, se subían a las cosechadoras y pasaban jornadas enteras entre cultivos. “Él nunca hizo diferencias porque fuéramos mujeres. Nos llevaba al campo, nos subía a las máquinas y nos mostraba todo. Crecimos con mucha libertad y rodeadas de naturaleza”, evoca con alegría.

De su padre heredó mucho más que el amor por la producción agropecuaria. Aprendió la resiliencia de quien atravesó crisis, volvió a empezar una y otra vez y jamás se rindió. “Se cayó y se levantó mil veces, pero nunca bajó los brazos. Cuando las cosas salen mal, muchas veces pienso qué haría él frente a esta situación”, confiesa.
Aunque ya pasaron más de seis años, su presencia sigue intacta en los pequeños gestos cotidianos. La camioneta con la que recorría el campo continúa en uso y muchas veces, mientras manejan, una canción en la radio o un paisaje despiertan su recuerdo. “Sentimos que nos acompaña. Hay momentos en los que parece que estuviera con nosotras impulsándonos a seguir”, dice.

Paradójicamente, aquel dolor también la llevó a descubrir una vocación que desconocía. La investigadora que imaginaba un futuro académico encontró su lugar definitivo entre cultivos, productores y decisiones empresariales. “Hoy disfruto muchísimo lo que hago. Profesionalmente encontré mi lugar, aunque haya sido a partir de un hecho tan trágico”, reconoce.
Este Día del Padre volverá a ser especial para la familia Ramos. Habrá flores, recuerdos y una visita al cementerio, una tradición que su propio padre mantenía con su abuelo y que ahora ellas continúan. Seis años después, Macarena evoca a su papá con una certeza: “No hay un día en que no lo extrañemos. Con el tiempo aprendimos a recordarlo con más cariño que tristeza, pero siempre está presente. Ese legado sigue vivo cada vez que salimos al campo y decidimos seguir adelante”.