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HISTORIAS PRODUCTIVAS

Dos mujeres, una idea y cientos de quesos con identidad: así nació Quesito Comué

Carolina y Sophia decidieron apostar por lo desconocido y el resultado fue una pequeña empresa que apuesta por productos innovadores que están para chuparse los dedos.

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04 abr, 2026 02:31 p. m. Actualizado: 04 abr, 2026 02:36 p. m. AR
Dos mujeres, una idea y cientos de quesos con identidad: así nació Quesito Comué

Arrancaron casi en silencio, con dos ollas chicas y muchas ganas. Era 2019 y el proyecto apenas respiraba entre otras obligaciones. Pero la historia no terminó ahí. Como tantas cosas que se cocinan a fuego lento, Quesito Comué encontró su momento en 2024. Después de una pausa volvieron, esta vez con decisión y con una escala mayor. “Arrancamos con unas ollas pequeñas de 40 litros… y ahora estamos con unas de 300 litros, todo armado por nosotras”, cuenta Carolina Rubiol Krapovickas, una de sus creadoras. El salto no fue solo de volumen: fue de convicción.


El proceso, aunque artesanal, tiene precisión quirúrgica. La leche llega cruda desde Trancas, recién ordeñada, y pasa por una serie de transformaciones que requieren tiempo, temperatura exacta y control absoluto. “La pasteurización es lo que hace que bacterias que pueden caer mal se maten en esa temperatura y tiempo específico”, explica. Después viene el cuajo, la separación de sólidos y líquidos, y finalmente el molde. El queso empieza a existir ahí, en ese punto exacto donde la técnica se encuentra con la paciencia.


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Pero no termina en un día. El tiempo juega su papel. Ocho horas de producción, un día de prensa, salmuera y luego semanas de espera. “Se quedan en la cámara de estacionado entre dos semanas a un mes”, dice. El resultado: quesos criollos de pasta semidura, pequeños, de unos 300 gramos, que condensan en su tamaño todo el recorrido previo. Todo hecho con instrumentos aptos para la producción y bajo estrictas normas de calidad.


El diferencial aparece también en la creatividad. Quesito Comué no se queda en lo clásico. Tiene seis variedades base —orégano, albahaca, hierbas, pimienta, ají y el tradicional— pero el juego es parte del ADN del proyecto. “Inventamos cosas también”, dice Carolina. Y ahí aparecen combinaciones inesperadas: queso de limón con costra salada, dátiles con almendras o cebolla caramelizada pensada para horno. “Si no, te volvés medio en serie”, resume.


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Detrás del emprendimiento hay dos historias que, en principio, nada tenían que ver con la producción láctea. Carolina es fotógrafa y artesana textil; su socia Sophia Heredia, docente universitaria. “Nada que ver, nada que ver”, repite entre risas. Pero había algo en común: el gusto por lo hecho a mano. El puntapié inicial llegó con un curso que había hecho el padre de su amiga y luego se consolidó con capacitaciones en la Facultad de Agronomía. “Ellos nos acompañan bastante, nos revisan procesos, hacen controles”, cuenta.


El proyecto también rompe con ciertas lógicas del rubro. Aunque históricamente las mujeres estuvieron ligadas a la producción doméstica de alimentos, el trabajo a escala suele asociarse más a lo masculino. “Es un trabajo de campo, muy de hombres. Ahora es más diverso”, señala. Y en ese camino, la identidad también juega: el nombre Quesito Comué nació de una lluvia de ideas y terminó siendo una marca que la gente recuerda. “Ha pegado muchísimo”, asegura.


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Sin embargo, no todo es romanticismo. Hay inversión, costos, controles estrictos y desafíos comerciales. “Lo más lindo es producir… pero vender es complicado”, admite con sinceridad. Aun así, el proyecto no nació como hobby. “La idea fue armar una empresita”, dice y en ese camino continúan. Con un precio que ronda los 8.500 pesos por unidad, el desafío ahora es crecer sin perder la esencia, el compromiso de calidad y la creatividad.

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