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CINCO AÑOS DESPUÉS

La poca memoria a los sin monumento

A cinco años de la partida del doctor Jesús María Amenábar, la pandemia vuelve a la memoria. Sus denuncias, su legado como cirujano y docente, y su carta final que retrató la crudeza de aquellos días, reavivan una deuda pendiente: un monumento para los trabajadores anónimos de la salud en Tucumán.

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José Romero SilvaTendencia de noticias
14 sept, 2025 09:40 a. m. Actualizado: 14 sept, 2025 06:12 p. m. AR
La poca memoria a los sin monumento

Pasaron tan solo cinco años de aquella calurosa noche del 19 de marzo de 2020. En medio de la incertidumbre, la entonces ministra de Salud —hoy intendenta— Rossana Chahla, convocaba de urgencia al Salón del Bicentenario de la Casa de Gobierno para confirmar lo que ya temíamos: Tucumán tenía su primer caso de Covid-19.


La noticia nos dejó mudos, con los micrófonos cubiertos por precintos sanitarios y los rostros tras barbijos que aún no sabíamos usar del todo. Al día siguiente, el 20 de marzo, comenzó el aislamiento obligatorio en todo el país, incluido Tucumán. Desde ese momento se trastocaron nuestras vidas. Para los trabajadores de a pie, sí. Pero más aún para ellos: los médicos, enfermeros, administrativos y camilleros que de golpe fueron empujados a lo desconocido.


El miedo era común denominador. Faltaban insumos, sobraban rumores, se multiplicaban pacientes. La primera muerte oficial en Tucumán llegó apenas un día después: un hombre de 50 años que había viajado a Europa. Desde entonces, nada volvió a ser igual.


Pronto aparecieron las denuncias por la precariedad de las medidas de seguridad. Una de las voces más duras fue la del cirujano Jesús María Amenábar, referente de la cirugía tucumana y hombre de carácter firme. En una entrevista en Radio Universidad denunció que el Ministerio de Salud “obligaba a los residentes de cirugía a realizar hisopados y atender guardias sin la protección adecuada”, y que en el Centro de Salud “se internaban pacientes asintomáticos con Covid-19 junto a enfermos graves, exponiendo a todos a contagios evitables”.


Con dureza, acusó a las autoridades de estar “enamoradas del circo” y de hacer política con el dolor. “Esto es indignante, están usando a los profesionales de la salud para hacer política, para que el Ministerio quede bien y puedan decir que hacen cosas”, advirtió.


En las últimas semanas de agosto de 2020, Amenábar contrajo coronavirus. Pese a los cuidados, la enfermedad avanzó con rapidez y lo obligó a permanecer internado.


Desde su cama de hospital, escribió una carta que todavía estremece: “Los que me están tratando son trabajadores anónimos de la salud. Nadie los conoce. No salen en los diarios. Entran a la boca del lobo a riesgo de morir por Covid y dejar hijos huérfanos, y todo por sueldos miserables. Los quiero a los residentes. Deben estudiar inglés e irse del país. Esto no tiene arreglo”.


El 12 de septiembre de 2020, perdió la vida. Fue despedido entre aplausos y lágrimas por amigos, colegas y estudiantes. Hijo del recordado Profesor Dr. Alfredo Amenábar, supo seguir sus pasos con una vida marcada por la pasión y el compromiso.

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Una de sus amigas lo definió como “un guerrero, un luchador incansable, trabajador desde jovencito; lo vi levantarse a las 3 de la mañana a ensayar el piano después de estudiar 14 horas en la Facultad. Lo dio todo y se mantuvo idéntico a sí mismo e íntegro hasta el final”. Su otra gran pasión, además de la medicina, fue la natación: llegó a ser campeón y el Club Central Córdoba bautizó con su nombre a la pileta donde tantas veces entrenó.


Alumno brillante de la Facultad de Medicina de la UNT, se graduó en la promoción del ’80. Primero quiso ser cardiólogo en el Ramos Mejía, pero su vocación por la cirugía fue más fuerte: se formó en el Instituto Ángel Roffo, en Buenos Aires, y luego viajó a París. Su ex jefe de residentes, Carlos Spector, lo recordó así: “desde que lo conocí, reconocí su exquisito comportamiento humano, su profesionalismo y su destacado desempeño como cirujano, y mantuvo estos atributos durante toda su vida”.


De regreso a Tucumán, fue jefe de Cirugía del Centro de Salud, Profesor Titular de la Segunda Cátedra de Cirugía de la UNT y referente en el estudio de la hidatidosis en los Valles Calchaquíes. Se convirtió en un formador de generaciones de médicos. Incluso en sus últimos días, ya internado, pidió a un colega que “no descuide las actividades de los estudiantes”.


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Según datos del Sindicato Sitas, hasta 2021 más de 7.000 trabajadores de la salud tucumanos se contagiaron de coronavirus y al menos 67 murieron. Detrás de cada cifra hubo una familia quebrada y un hospital más vacío.


Y, sin embargo, la memoria pública se volcó hacia otros homenajes: calles renombradas, monumentos a políticos de dudosa procedencia, reconocimientos a fortunas oscuras. En Tucumán hasta el sánguche de milanesa tiene su monumento. Pero aún no hay uno para quienes dieron la vida en los pasillos de los hospitales.


Hoy, a cinco años de la partida de Jesús María Amenábar, la deuda es evidente. Sería un acto de nobleza —y de justicia histórica— levantar un monumento para ellos: médicos, enfermeras, camilleros, administrativos. Para los que murieron y para los que sobrevivieron y aún siguen atendiéndonos.


No es solo un homenaje: es un recordatorio de lo que significó atravesar aquellos días malditos. Y es, también, una forma de que el nombre de Jesús María Amenábar, con sus denuncias y su legado, no quede perdido en el olvido de una sociedad que corre demasiado rápido para recordar a sus trabajadores anónimos de la salud.


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