
Colace es el padre de la criatura
Atlético Tucumán todavía no conoce la victoria en el Apertura: apenas sumó 2 de los 9 puntos en juego. Es cierto, el torneo recién comienza, pero el contexto no es neutro. El Decano arrastra campañas flojas y la pelea por el descenso vuelve a aparecer como un fantasma que no se va, que merodea y condiciona cada paso.
Con una pretemporada ya bajo su órbita, el proyecto de Hugo Colace empieza a mostrar el molde que pretende el entrenador: un equipo intenso, ofensivo, con vocación de protagonismo. La idea está clara. El problema es que en el fútbol argentino no alcanza con las intenciones. Y Atlético, por ahora, vive más de promesas que de certezas.
Los números son elocuentes: al equipo le cuesta convertir. Los goles llegaron por la vía del penal y, tras la salida de Ramiro Ruiz Rodríguez, la ofensiva parece haber perdido chispa, desequilibrio, sorpresa. Falta explosión en los últimos metros, ese golpe de energía que rompa partidos cerrados.

Es entendible que todo proceso necesite tiempo. La pregunta es otra: ¿qué pasa cuando el tiempo apremia? Con un calendario comprimido por el Mundial, los márgenes se achican y los vaivenes del torneo no permiten demasiado trabajo fino ni largos períodos de adaptación. El reloj corre más rápido que las ideas.
Las palabras del DT admiten doble lectura. Por un lado, buscan llevar calma y marcar un rumbo; por otro, transmiten cierta conformidad con lo que se ve. Pero a Atlético le sigue faltando emoción. Es un equipo que intenta seducir, aunque todavía no logra enamorar. Colace se aferra a las estadísticas: ante Central Córdoba habló de 20 remates y de una cuestión de puntería. Sin embargo, la lupa muestra otra cosa: solo cinco fueron al arco, varios sin exigir al arquero rival y casi el 40% se ejecutaron desde afuera del área, donde el peligro se diluye. Ante Huracán, el retroceso fue más evidente: 12 tiros (la cifra más baja en tres fechas) y apenas cuatro al arco. Porque cantidad no siempre es calidad.
Lo más preocupante aparece al analizar el retroceso defensivo. Huracán, con poco, generó situaciones claras, especialmente sobre el final del primer tiempo. “Nos faltó suerte”, explicó Colace en la definición, aunque Atlético parece desligarse demasiado de cuestiones futbolísticas. Tesuri, como volante interno, no logra encontrar su mejor versión, cuando su principal virtud es la velocidad y el desborde por banda. El juego pasa en exceso por Laméndola como filtro ofensivo: si el “Chueco” no está fino, el equipo se resiente. Los relevos suelen ser lentos y el “Loco” Díaz es más un delantero de finalización que de asociación, por lo que esta idea no siempre lo favorece. No todo es negativo: Colace consolidó una dupla central firme y Galván, en el lateral izquierdo, aparece como uno de los más regulares.

Porque, al final del día, no se vive de buenas intenciones. Atlético quiere jugar, quiere ser protagonista, pero en este fútbol argentino tan parpadeante, los resultados mandan. Si no, que lo diga la dirigencia de Instituto, que decidió tomar el toro por las astas.
Los dos partidos como local parecieron una película repetida, aunque la secuela ante el Globo tuvo un agregado: la incapacidad de sostener la ventaja. Afinar esos detalles, en un torneo tan parejo, es determinante. Ahora llega otro estigma decano: Atlético no gana de visitante desde hace un año. En su visita a Junín, ante Sarmiento, deberá transformar las intenciones en hechos y lograr que la Colaceneta arranque de una vez, con un golpe en la mesa que marque un antes y un después.
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