
El dique El Cadillal volvió a ser escenario de una jornada distinta, donde el deporte se convirtió en puente y no en competencia. La tercera edición de la Travesía Solidaria de natación reunió a más de 60 nadadores que ingresaron al agua con un nombre en la espalda: el de un niño o niña en tratamiento oncológico. La actividad, impulsada por la fundación SOI (Servicio de Oncología Infantil), crece año a año y suma participantes, familias y voluntades en torno a un mismo objetivo.
Daniela Martínez Font, integrante de la organización, explicó que la propuesta trasciende el día del evento. “Cada nadador representa a un niño. Antes de la travesía se conocen, van al hospital o a sus casas, se genera un vínculo”, contó. Ese lazo previo transforma la experiencia: los chicos siguen de cerca a quien los representa, se entusiasman y, por un momento, logran correrse de la rutina hospitalaria. “Ellos viven esto con mucha emoción, incluso algunos creen que tienen que nadar”, relató entre risas.

Lejos de cualquier lógica competitiva, la travesía se plantea como un acto colectivo. Todos largan juntos y llegan juntos. No hay podio ni tiempos que importen más que el sentido del encuentro. “Acá ganan todos: los nadadores y los chicos”, sintetizó Martínez Font. La jornada también funciona como espacio de encuentro para las familias, que comparten una experiencia distinta en un entorno abierto y cuidado.
Detrás de la actividad hay además un objetivo concreto: avanzar con la construcción de la Casa SOI, un espacio pensado para alojar y contener a familias de niños en tratamiento, especialmente aquellas que llegan desde el interior o de otras provincias. “Queremos darles un lugar donde estar mientras atraviesan la quimio, con contención y acompañamiento”, explicó. La fundación canaliza donaciones y aportes para concretar ese proyecto.

Entre los nadadores estuvo Alfredo Cabello, de 66 años, quien nadó con una motivación personal profunda. Representó a su nieto Bartolomé, fallecido por cáncer, y a otro joven al que acompañó en su enfermedad. “Me sentí muy motivado por todos los chicos que están atravesando esto”, dijo. Cabello, que también fue paciente oncológico y perdió una pierna, logró completar más de 1.600 metros. “A pesar de todo, me gusta nadar. Esto es por ellos”, resumió.

La preparación también fue parte fundamental de su historia. Junto a sus hijos, Cabello se entrenó durante semanas con el objetivo de llegar lo más lejos posible en el agua. Empezó con distancias cortas, de unos 500 metros, y fue superando sus propios límites hasta alcanzar los 1.630 metros en la travesía. “Gracias a la ayuda del profesor pude ir mejorando”, contó, y destacó que el esfuerzo no fue solo físico, sino también emocional, sostenido por el recuerdo de quienes acompañó y por el deseo de aportar a la causa.
En cada brazada, su testimonio condensó el espíritu de la jornada: acompañar, visibilizar y sostener. Porque en historias como estas, donde el dolor se transforma en acción colectiva, queda claro que el amor todo lo puede.