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OTRA VEZ, UN JUICIO ABREVIADO

Mató a su hermano a puñaladas y la fiscalía hizo un acuerdo para darle casi la pena mínima

Walter Robledo recibió nueve años de prisión. La viuda de la víctima se opuso, pero sin entender lo que estaba ocurriendo. Hoy, pide una nueva audiencia para ser escuchada

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Mariana RomeroTendencia de noticias
23 oct, 2026 03:43 a. m. Actualizado: 23 oct, 2026 03:43 a. m. AR
Mató a su hermano a puñaladas y la fiscalía hizo un acuerdo para darle casi la pena mínima

Germán, Luciana, el hijo de ambos y el asesino Walter

Luciana Palavecino logró prender la cámara de celular y entró a una audiencia que, creía, iba a ser para que su cuñado siga en prisión preventiva. De pronto, le dijeron que la causa por el homicidio de su marido se cerraba con una condena de nueve años de prisión para el asesino, casi la mínima. Era la primera vez que participaba de un acto judicial y, probablemente, sea la última. 


Cuatro meses antes, Luciana había intentado salvar la vida de su esposo, Germán Robledo, la mañana del 30 de mayo de este año, cuando cerca de las 9.30 escuchó sus gritos, salió y vio a su cuñado, Walter, hermano de Germán, con un cuchillo en la mano. Pensó que se habían peleado y los dos estaban lastimados. Germán todavía se movía, Walter se escapó. Luciana, sin que se despierte el bebé de 2 años y medio que todavía dormía, intentó levantar a su marido cuando se dio cuenta de que la situación era grave: tenía varias puñaladas en el cuerpo. Fue su suegro, el padre de ambos, quien llevó a su hijo al hospital. No logró sobrevivir.


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Ella no participó de la primera audiencia que se hizo, en la que su cuñado quedó imputado por matar a su propio hermano. “Estaba devastada, destruida, no entendía nada y no sabía qué decirle a mi bebé. Hoy, me arrepiento”, explica en diálogo con Tendencia de Noticias. Antes de cumplir los cuatro meses de viudez, sin lograr todavía acostumbrarse a su nueva realidad, le informaron que la causa penal por la muerte de su marido se cerraba. 


Primero le dijeron que se iba a hacer una audiencia para prorrogar la prisión preventiva de su cuñado. Un día antes, le dijeron que se suspendía. Sin embargo, volvieron a programarla y, cuando entró, no se habló de la preventiva, sino directamente de la condena. La auxiliar fiscal Carolina Brito, de la fiscalía de Homicidios II, anunció al juez Guido Cattáneo que había llegado a un convenio con la defensa del asesino y que querían celebrar ahí mismo un juicio abreviado. La pena acordada era de nueve años de prisión, apenas uno más del mínimo que prevé la ley.


Ella alcanzó a decirle a su abogado que no, que se oponga, que su marido fue atacado a traición, estando indefenso y que sufrió tremendamente antes de morir. El profesional, al ser consultado por el juez, dijo que la viuda se oponía. Cuando el magistrado le preguntó por qué, el abogado no fundamentó nada y pidió que le preguntaran a ella. 



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La audiencia en la que condenaron a Walter Robledo


“Yo no soy abogada, no sabía que tenía que fundamentar, nunca había hablado con un juez y no entendía lo que estaba pasando. Me preguntaron si estaba de acuerdo y yo dije que no, pero no supe decir por qué no. Mi abogado tampoco dijo nada”, cuenta Luciana. 


En efecto, la audiencia fue increíble. El abogado de Luciana dijo que su clienta se oponía al juicio abreviado y el juez le preguntó por qué. “Especifique detalladamente los motivos del rechazo, doctor, y la postura de la querella”, le pidió el juez. Y el letrado respondió “si me permite, le puedo dar la palabra a la señora Palavecino para que exponga esos argumentos”. Efectivamente, estaba rehusando fundamentar su postura. 


Todo quedó en manos de Luciana, que no sabía ni siquiera activar el micrófono del celular. Al juez no se le veía la cara, porque su cámara estaba mal apuntada y mostraba un cielorraso gris con media cara borrosa. A nadie le pareció mal. 


Cattáneo se dirigió a la viuda. No le preguntó si comprendía lo que estaba pasando, simplemente le dijo cuatro palabras: “a ver, la escucho”. Luciana, que no sabía fundamentar oposiciones judiciales, atinó a decir: “hola, buen día, bien… no, me opongo para la… el abreviado. No acepto”. Después, hubo un silencio. El juez, lejos de preguntarle por qué, le dirigió las otras cuatro palabras con las que completó su contacto con ella: “bien ¿eso es todo?”. “Sí”, respondió ella, sin saber qué más decir. “Bien, a ver la defensa”, dijo el magistrado y continuó con la audiencia, sin importarle cuáles eran los motivos que la mujer no supo explicar y que su abogado no quiso decir.


Acto seguido, la audiencia continuó como si nada hubiera ocurrido y se pasó al resarcimiento económico: el acuerdo incluía un resarcimiento de $1 millón para la viuda y el bebé del fallecido. Un millón de pesos, literal. “Bien”, dijo el juez y a nadie pareció llamarle la atención que un comerciante próspero (tenía una pollería) considere que un bebé iba a poder criarse con un único pago de $1 millón. A la fiscalía tampoco. No se lo habían explicado antes de la audiencia, menos lo hicieron durante, ya que estaban ante un juez que, evidentemente, no mostraba preocupación por verificar que la víctima estuviera entendiendo ni le interesaba saber por qué se estaba oponiendo. Ni siquiera por curiosidad. El trámite terminó sin pena ni gloria. 


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En las horas siguientes, Luciana se puso a investigar qué acababa de ocurrir. La causa había terminado, ni siquiera había habido un juicio oral y su cuñado ya estaba condenado. Nueve años de prisión, pero al cumplir la mitad, si se porta bien, ya podría tener salidas transitorias y, a los seis años, obtener la libertad. ¿Cuántos años tendría el hijo de Germán para esa época? Todavía seguiría en la primaria el día en que su tío vuelva a casa, que queda en el mismo terreno donde vive él. 


Luciana cambió de representante. Los abogados Gustavo López Peña y Diego Díaz Figueroa tomaron la causa y prepararon la impugnación, que debía ser presentada antes de los siguientes diez días. En un escrito de 12 páginas, fundamentaron todo aquello que Luciana, por no ser abogada, por estar en shock y por no entender al juez no supo decir en la audiencia. 



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Los abogados Gustavo López Peña y Diego Díaz Figueroa


Los letrados recorrieron el legajo y encontraron indicios de que el homicidio de Germán podría ser agravado y, por lo tanto, corresponder la pena de prisión perpetua. Analizaron las constancias médicas y el informe de la autopsia y detectaron las múltiples puñaladas que tenía el cuerpo de Germán: estaban en el tórax, en el abdomen y en los miembros superiores. ¿Por qué su hermano no dejó de apuñalarlo cuando ya estaba malherido? 


Para los abogados, la respuesta podría estar en el ensañamiento: la voluntad de hacer sufrir a la víctima más allá de lo necesario para producirle la muerte. Los abogados no lo sostienen taxativamente, pero reclaman con severidad que esa posibilidad debe ser examinada. A ello se suma la declaración del padre de ambos, Belisario Robledo, que vio a su hijo intentar escapar de su asesino y suplicarle que no lo apuñalara más. Además, las manchas de sangre estaban en varias partes de la casa, lo que podría indicar que Germán fue perseguido por su hermano. 


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El recurso de impugnación ya está presentado y, en caso de ser admitido, el Tribunal de Impugnación deberá decidir si convalida o no el juicio abreviado. Mientras tanto, Luciana estudia la legislación como puede, aprende a hablar en cámara y, mientras tanto, prepara el cumpleaños de su hijo. El 23 de octubre soplará tres velitas y volverá a preguntar por su papá. “Algún día le voy a tener que explicar que lo mató su tío y que la Justicia llegó a un acuerdo que es una burla para la memoria de su papá y para él mismo”, anticipa. Aunque, en el fondo, espera que el recurso sea aceptado y, por fin, alguien escuche lo que tiene para decir. 



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