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22 AÑOS DESPUÉS

Crimen del juez Aráoz: un análisis de las pruebas que podrían devolver la libertad a Ema Gómez

Diez balazos, manchas de sangre verticales y horizontales, la puntería del asesino y el motivo de una agonía lenta y desesperante: los asesinos no actuaron para hacerlo sufrir, dice la Corte de la Nación, sino por torpeza al matar

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Mariana RomeroTendencia de noticias
13 may, 2026 11:40 p. m. Actualizado: 13 may, 2026 11:40 p. m. AR
Crimen del juez Aráoz: un análisis de las pruebas que podrían devolver la libertad a Ema Gómez

Ema Gómez. Foto: La Gaceta




Nueve años después, cuando parecía que la causa había caído en las legales garras del olvido de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, el máximo Tribunal decidió resolver el recurso interpuesto por Ema Gómez. El resultado: media carilla de una hoja tamaño oficio que dice que la asesina del juez Héctor Agustín Aráoz podría salir en libertad.


La tríada compuesta por Daniel Rossatti, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti se tomó su tiempo para decidir sobre una causa “con preso”, como se llama vulgarmente. Tenían en su despacho un recurso de queja que sostenía que el del magistrado fue un homicidio simple y, por lo tanto, no correspondía la pena de prisión perpetua. La semana pasada, le dieron la razón. 


Hace 22 años, la casa de Yerba Buena del juez de menores fue escenario de uno de los crímenes más brutales que se recuerde. El magistrado había sido asesinado de diez balazos. 



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Foto: Buscando Justicia/Canal 8

Desde entonces, el orden de los disparos fue el eje de una discusión que llevó más de dos décadas: ¿por qué le dispararon primero a las piernas? ¿Fue por torpeza o para hacerlo sufrir antes de morir? Es decir: ¿hubo ensañamiento?




Breve cronología

En 2004, Ema Hortensia Gómez era policía y, según la acusación, mantenía una relación amorosa con el juez de Menores del Centro Judicial Capital Héctor Agustín Aráoz. Al mismo tiempo, salía con Darío Pérez, también empleado policial. 


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Foto: Jorge Olmos Sgrosso/La Gaceta



El 26 de noviembre, ella se presentó en la casa del magistrado y comenzó una violenta discusión con él. Acto seguido, llamó por teléfono a Pérez, que se presentó en el lugar y disparó diez veces contra el juez. Luego, ambos llamaron a varios policías para intentar “acomodar" la escena del crimen y sembrar la versión de que el homicidio había sido cometido en el marco de una fiesta de altos mandos judiciales que se “descontroló”.


La familia del magistrado siempre sostuvo que el móvil del homicidio fue desarticular una investigación que llevaba a cargo Aráoz sobre un grupo de policías que vendía droga a menores alojados en el Instituto Roca. 


En 2011, la Justicia condenó a Ema Gómez a 13 años de prisión, por considerarla partícipe primaria del crimen: no apretó el gatillo, pero gracias a su intervención el asesino pudo matarlo. Pérez fue condenado a 18 años. El homicidio, según el tribunal, era simple. Sin embargo, esta victoria parcial de los condenados duraría poco: la fiscal de la causa, Juana Prieto de Sólido y el abogado querellante, Dante Ibáñez, pronto llegarían a la Corte y lograrían la perpetua. 


El orden de los disparos

La discusión entre la pena menor y la perpetua era, en realidad, el debate sobre si se trató de un homicidio simple o uno agravado por el ensañamiento. El ensañamiento consiste en provocar a la víctima más dolor que el necesario para provocarle la muerte. Es decir, hacerlo sufrir, torturarlo.



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Y en este punto, es necesario analizar una prueba específica, revisada por varios peritos forenses: el orden en que Pérez realizó cada uno de los disparos que tenía el juez en su cuerpo: primero a las piernas, luego al torso y, finalmente, al cuello. 


No cabe discusión sobre un punto: el asesino encontró a Aráoz en las escaleras de la galería de la casa y le disparó primero a las piernas. Ello quedó probado por las manchas de sangre que se hallaron en el cuerpo del juez: la herida del muslo derecho tenía un recorrido de desangrado vertical, de arriba hacia abajo. Es decir, estaba parado cuando fue herido por primera vez. El resto de las heridas produjo manchas similares, lo cual da cuenta de que tardó en caerse. 


De hecho, en su intento por salvar su vida, Aráoz intentó escapar de la balacera y recorrió 15 metros de su propia casa, dejando el camino teñido de rojo. En el intento de huida fue recibiendo disparos en la ingle, la cadera y la espalda Logró llegar al baño, donde finalmente, se desplomó.  Allí, recibió los balazos que terminaron con su vida: el tórax y en el cuello. La sangre de esas heridas quedó en su cuerpo de manera horizontal: el juez ya estaba en el piso cuando lo ultimó Pérez. 


La última bala 9 milímetros le cortó la vena yugular y la arteria carótida. El recorrido de la sangre en la piel quedó marcado de izquierda a derecha, lo cual da cuenta de que ya estaba en el piso cuando recibió ese tiro. El juez murió por un shock hipovolémico; es decir, se desangró. Y tardó al menos 20 minutos en hacerlo. 


Torpeza o maldad

El primer tribunal entendió, en 2011, que Pérez no lo persiguió por toda la casa disparándole para hacerlo sufrir una lenta agonía, sino por torpeza. Los disparos, según el fallo, “fueron consecuencia del medio elegido para matar, manejado con cierta torpeza y no el modo de ejecución seleccionado para prolongar o agravar el sufrimiento de la víctima”. Los jueces entendieron que Pérez había actuado presa de una suerte de rapto emocional. 


Según el tribunal, cuando Ema Gómez discutió con el juez, llamó a Pérez que, al llegar, escuchó los gritos de su novia desde afuera y actuó al verla alterada porque posiblemente estaba forcejeando con el magistrado. 


De acuerdo a ese fallo, los hechos sucedieron así: “el Dr. Aráoz, alarmado por la irrupción de Pérez seguramente le conminó a retirarse en forma severa, violenta, imperativa, conforme a su carácter impulsivo probado en la audiencia, lo que además se producía en un momento de violencia que involucraba a la causante de la rivalidad, y desde su posición de autoridad, Ello seguramente mortificó grandemente a su rival Pérez y lo movió a extraer su arma y comenzar sus disparos, en un estado de ánimo exacerbado por la presencia de su novia o pareja en contacto con Aráoz, o en plena lucha con el mismo. Es en ese momento en que los celos, la rivalidad, la hostilidad propia de la relación paralela establecida, (...) hicieron eclosión, llevándolo a disparar y a perseguir a su rival hacia el interior de la casa, hasta verificar que caía definitivamente ante sus disparos”.


Es decir, asesino sí; torturador, no.



El cambio a perpetua

Sin embargo, la Corte Suprema de Justicia de Tucumán revirtió el fallo. El alto tribunal consideró que Pérez, en realidad, se ensañó con el juez, buscó hacerlo sufrir antes de terminar con su vida. 


En el año 2013 revisó la sentencia y entendió que el homicidio estuvo agravado por el ensañamiento. Tuvo en cuenta que el tirador, Pérez, no era un inexperto con el arma como para cometer nueve veces la torpeza de no herirlo de manera mortal y recién acertar al décimo tiro. Se trataba de un policía experimentado en el manejo de armas, con promoción destacada de la escuela de policía. 


Además, la Corte valoró que el primer disparo fue realizado a menos de 50 centímetros: es decir que no le dio en el muslo por falta de puntería sino por una decisión consciente. Agregó que varios de los otros disparos también fueron a corta distancia, por lo que Pérez siempre lo tuvo cerca. Bastaba levantar unos centímetros el arma y apuntarle a la cabeza en el disparo inicial para producirle la muerte. 


También desestimó que todo haya ocurrido en un momento corto, como una suerte de explosión de balazos producto de la intención de matar, puesto que los primeros disparos fueron a la parte de abajo del cuerpo, pero una segunda tanda fue al medio (torso), cuando Aráoz ya estaba semisentado en el piso tratando de agarrarse de los azulejos y recién varios minutos más le dispararon de manera mortal al cuello. Ello quedó comprobado porque, en los pulmones de la víctima, se encontró un litro de sangre. Además, una vecina declaró, que escuchó que hubo un tiempo considerable entre la primera y la segunda tanda de disparos. 


La fiscal describió la escena de esta manera en su apelación: “sin apuro y con todo el tiempo del mundo y disfrutando de su accionar, mientras la víctima se arrastraba por la vivienda implorando por su vida; los dos homicidas, jugando al gato y al ratón con una persona indefensa y casi inerme que se arrastraba hacia el baño, permitieron que llegara hasta allí; o sea se dieron el lujo de permitir que la víctima creyera que pudiera encontrar refugio”. 


Por eso, el máximo Tribunal anuló la sentencia que los condenaba a 13 y 18 años y ordenó que se dictara una nueva, bajó la calificación de homicidio agravado por ensañamiento. Ese delito sólo puede llevar una sola pena: la de prisión perpetua que, finalmente, fue dictada en 2015. 


A esa altura, Pérez ya se había fugado. 


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La nave del olvido

La defensa oficial de Gómez, ejercida por Guillermo González, se opuso a esta nueva interpretación de la Corte tucumana y presentó un Recurso Extraordinario Federal; es decir, pidió llegar con su planteo a la Corte de la Nación. Sin embargo, esa posibilidad fue rechazada. 


Entonces, González acudió a la última posibilidad que le quedaba: el recurso de queja. Es decir, llegar directamente al máximo Tribunal nacional y presentar su caso; aun sabiendo que es extremadamente inusual que la Corte de la Nación abra este tipo de trámites. Y más extraño todavía es que emita fallos contrarios a los de las Cortes de las provincias. En la nuestra, por ejemplo, hay muy pocos casos.


La causa “durmió” durante casi nueve años. Como la Corte no tiene plazos, no existe forma de interpretar su silencio: puede ser un mal augurio o uno peor. En ese tiempo que se tomaron los más poderosos jueces del país, Fabersani gozó de su libertad en fuga hasta que fue recapturado en 2025 y comenzó a cumplir la perpetua. Ema Gómez, en tanto, fue presa, luego fue madre, recibió el beneficio de la domiciliaria y luego volvió al penal. Hoy pasa sus días en la nueva cárcel de Delfin Gallo. 


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Foto: Jorge Olmos Sgrosso/La Gaceta

Un fallo inesperado

Sin embargo, de manera sorpresiva, el expediente resucitó la semana pasada. Como todos los jueves, la Corte se reunió y firmó varias sentencias, contenidas en el acuerdo de fecha 7 de mayo. El escrito tiene 907 páginas. Una de ellas, la número 233, completada sólo hasta la mitad de la carilla, contiene el fallo sobre el caso Aráoz. 


“Se hace lugar a la queja, se declara procedente el recurso extraordinario con el alcance referido en el párrafo precedente y se deja sin efecto la sentencia apelada” dice. Y ordena remitir los autos al tribunal de origen para que se dicte una nueva sentencia. Esta vez, sobre un homicidio simple, como fue al principio. 


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Los plazos

Ahora, jueces de primera instancia deberán dictar una sentencia nueva, ciñéndose a la escala penal prevista para el homicidio simple: de ocho a 25 años de prisión. Es probable que Pérez pase mucho, mucho tiempo en prisión por varios motivos: recién entró a la cárcel el año pasado y es posible que reciba una pena alta, por ser el autor de los disparos y por haberse fugado. Pero la situación de Ema Gómez es distinta.


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Aunque la pena prevista para el autor y el partícipe primario tiene la misma escala, es verdad que Ema Gómez había recibido una sentencia mucho menor que la de Pérez. De hecho, fue condenada a sólo 13 años. Si el tribunal vuelve a imponer esa cantidad de años, la ex policía podría salir de inmediato en libertad, ya que cumplió los dos tercios de la condena. 


Justicia lenta

“Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía”, repiten los abogados, citando a Séneca. Y el caso del juez Aráoz parece confirmarlo. 


Tras 22 años, los nueve hijos del hombre asesinado sufrieron un “duro golpe”, dijo su abogado, Javier Lobo Aragón, a Canal 10. “Fue un excelente juez y su familia quedó destruida”, agregó. Tras reclamar durante siete años que se hiciera un juicio y tramitar durante cuatro más para que se reconociera la perpetua, debieron padecer la fuga del asesino durante una década. Ahora, deberán volver a soportar un proceso judicial para luchar por una condena alta. 


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El caso del juez Aráoz, lejos de olvidarse, vuelve a abrir la polémica sobre los tiempos de la justicia. 


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