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OPINIÓN

Cuando una sociedad decide no resignarse

La iglesia San Francisco fue clausurada en 2018 ante el riesgo de derrumbe. Un año después, cuando las soluciones no aparecían, un grupo de ciudadanos decidió organizarse para recuperarla. Siete años de trabajo, gestiones y perseverancia lograron que uno de los grandes patrimonios históricos de Tucumán vuelva a abrir sus puertas. Pero la tarea no terminó: ahora el desafío es de todos.

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José Romero SilvaTendencia de noticias
04 oct, 2026 09:24 p. m. Actualizado: 04 oct, 2026 09:24 p. m. AR
Cuando una sociedad decide no resignarse

Foto: Butti Photos / TDN

Hay edificios que cuentan la historia de una ciudad y hay momentos en los que una sociedad debe decidir qué hacer con su propia historia: contemplar cómo se deteriora hasta perderla o involucrarse para salvarla. Eso ocurrió con la iglesia San Francisco, en pleno corazón de San Miguel de Tucumán. Hace ocho años sus puertas se cerraron ante el peligro de derrumbe. Un año después, cuando la clausura continuaba y las respuestas no aparecían, un grupo de ciudadanos decidió que no podía limitarse a esperar. Hoy el templo vuelve a la gente y quizás lo más valioso de esta historia no sea solamente haber recuperado un edificio, sino comprobar lo que puede conseguir una comunidad cuando decide hacerse cargo de aquello que considera suyo.


La imagen de 2018 era desoladora. En la esquina de San Martín y 25 de Mayo, uno de los patrimonios históricos más importantes de Tucumán literalmente se caía a pedazos. Durante la gestión municipal de Germán Alfaro, el riesgo obligó a clausurarlo: había desprendimientos en la fachada y también caían fragmentos en la zona de la cúpula. Entrar al templo podía representar un peligro. Había que cerrar y se cerró. El problema fue que, detrás de aquella medida necesaria, no aparecía un camino concreto para recuperarlo. El deterioro llegó a tal punto que los frailes debieron abandonar el convento porque ya no podían seguir viviendo allí. San Francisco, declarado Monumento Histórico Nacional en 1964, quedó completamente clausurado. En una de las esquinas más emblemáticas de Tucumán, una parte de nuestra historia esperaba detrás de una puerta cerrada.


Pasó un año. En 2019, un grupo de tucumanos se reunió en la Federación Económica de Tucumán. Alrededor de su tradicional mesa de madera comenzaron a preguntarse qué podían hacer. No tenían el dinero necesario ni sabían cuánto tiempo demandaría recuperar semejante edificio, pero entendieron que alguien debía dar el primer paso. Así nació la Comisión Honoraria Ad-Hoc para la recuperación de la iglesia y el convento de San Francisco, presidida por la arquitecta Olga Paterlini de Koch y con el ingeniero Gerónimo Cárdenas como secretario. Se sumaron Andrés Nicolini, Daniel Mafud, fray Fernando Lapierre, Analía Chiarello, Sara Peña y representantes de distintas instituciones, con la Federación Económica y FUNDAFET acompañando aquel impulso inicial.


La primera expectativa fue conseguir los recursos desde el sector privado, pero no llegaron en la magnitud que exigía la restauración. Se pensó en un bono contribución y comenzaron las gestiones ante distintos organismos. Hubo reuniones, expedientes, promesas y también situaciones difíciles de explicar. Llegaron incluso algunos fondos nacionales, menores a los solicitados, que fueron enviados a una cuenta del Ente Tucumán Turismo y nunca llegaron a la comisión, según me relató la propia arquitecta Paterlini. Lejos de terminar allí, aquella historia de obstáculos terminó fortaleciendo la convicción de que San Francisco no era solamente un problema de una congregación religiosa: era patrimonio de Tucumán y su recuperación debía convertirse en una responsabilidad compartida.


Las gestiones continuaron hasta conseguir involucrar al Estado, que por la dimensión histórica y patrimonial del edificio necesariamente debía formar parte de la solución. Los recursos del Gobierno provincial llegaron luego de gestiones realizadas ante el gobernador Osvaldo Jaldo, mientras que en el ámbito municipal se avanzó con la intendenta Rossana Chahla. Provincia y Municipalidad aportaron fondos que permitieron impulsar las obras y dar continuidad a un proceso que necesitaba mucho más que voluntad. También apareció el acompañamiento privado. La Compañía Azucarera Los Balcanes, junto con importantes productores cañeros de la provincia, realizó una donación que luego volvería a repetirse y que permitió avanzar con proyectos, investigaciones y estudios de especialistas indispensables para una restauración de semejante complejidad.


Así, lentamente, San Francisco comenzó a reaparecer. Primero la fachada, después los laterales y luego otros sectores de un edificio que durante años había permanecido escondido detrás de vallados y andamios. Lo que alguna vez parecía una tarea inabarcable empezó a mostrar resultados concretos hasta llegar a la reapertura del templo y al levantamiento de aquella clausura dispuesta en 2018. Ocho años después, las puertas vuelven a abrirse.


Sería sencillo convertir este momento en un inventario de aportes, funcionarios, administraciones o montos invertidos. Todos fueron necesarios y cada contribución merece ser reconocida. Pero hacerlo sería perder de vista el verdadero corazón de esta historia. Porque antes de que llegaran los presupuestos y comenzaran las obras hubo un grupo de ciudadanos que puso conocimientos, experiencia, contactos y capacidad profesional al servicio de una causa. Y, sobre todo, puso aquello que ningún presupuesto puede devolver: su tiempo. Durante siete años insistieron cuando era más fácil cansarse, buscaron respuestas cuando era más cómodo aceptar que no las había y consiguieron que una preocupación de unos pocos terminara convirtiéndose en una responsabilidad de todos.


La reapertura tuvo, además, una coincidencia cargada de simbolismo: la conmemoración de los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís. Entre las frases tradicionalmente atribuidas al santo hay una que parece haber acompañado, sin saberlo, todo este recorrido: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y, de repente, estarás haciendo lo imposible”. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Primero hubo que impedir que San Francisco terminara de perderse; después organizarse, estudiar, reclamar, conseguir recursos y sumar voluntades. Hasta que aquello que en 2019 parecía imposible finalmente sucedió.


Pero sería un error pensar que la reapertura marca el final de esta historia. Es apenas una etapa. Como explicaron algunos de esos trabajadores silenciosos que estuvieron detrás de la recuperación y cuya tarea muchas veces ocurrió lejos de las cámaras y de los reconocimientos, todavía queda mucho por hacer. Y allí comienza otra responsabilidad: la nuestra. La de los ciudadanos que ahora podemos entrar nuevamente al templo, pero también la del Estado, que administra los recursos que todos aportamos a través de nuestros impuestos y que tiene la obligación de proteger un patrimonio que pertenece a las generaciones presentes y futuras.


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Foto: Butti Photos / TDN

En la fachada de San Francisco hay hoy un banner con un código QR. Parece un detalle menor frente a la magnitud del edificio, pero encierra buena parte del mensaje de estos años: cualquiera puede colaborar. No hace falta una gran fortuna ni una donación extraordinaria. Desde el aporte más pequeño, cada ayuda puede servir para avanzar con las etapas que todavía faltan. Si aquella comisión consiguió comenzar cuando prácticamente no había nada, ahora el desafío es multiplicar esa voluntad y demostrar, una vez más, que cuando se quiere y se trabaja colectivamente, se puede.


Porque San Francisco también debería obligarnos a mirar un poco más allá de San Francisco. Tucumán necesita encontrar mecanismos permanentes para preservar su patrimonio arquitectónico y cultural antes de que los edificios lleguen al borde del derrumbe. No podemos esperar una clausura, una cornisa que cae o una emergencia para descubrir el valor de aquello que tuvimos durante siglos delante de nuestros ojos. Habrá que pensar herramientas públicas y privadas, incentivos, aportes y formas de participación ciudadana que permitan sostener esos lugares donde están escritas nuestra historia y nuestra identidad.


Tal vez por eso, cuando las puertas de San Francisco volvieron a abrirse, no se recuperó solamente una iglesia. Volvieron los pasos sobre sus pisos, las miradas hacia su cúpula, las voces, las oraciones y la posibilidad de que nuevas generaciones conozcan un lugar que también les pertenece. Detrás de cada pared restaurada quedaron invisibles miles de horas de personas que se negaron a aceptar que perderlo fuera inevitable.


Ahora nos toca a los demás.


Nos toca ayudar a terminar lo que falta y, sobre todo, aprender de lo ocurrido. Porque una ciudad histórica no lo es solamente por aquello que alguna vez construyeron quienes nos precedieron. Lo es por la capacidad de quienes la habitan hoy para conservarlo y entregárselo a quienes vendrán.


San Miguel de Tucumán tiene una historia que se puede caminar, mirar y tocar. Está en sus iglesias, sus edificios, sus calles y sus esquinas. Dejarlos caer sería perder mucho más que paredes antiguas: sería permitir que desaparezca una parte de nosotros mismos. San Francisco estuvo cerca de ese destino. Un grupo de tucumanos se empeñó en cambiarlo y demostró que era posible. Ahora la puerta está abierta. Que siga abierta, y que todo lo que todavía queda por recuperar vuelva a levantarse, depende un poco de todos nosotros.

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