
El 2025 de San Martín nació torcido y jamás logró enderezarse. El clima enrarecido se instaló desde el arranque, como una nube baja que no dejó ver el sol después de la desazón por la final perdida en Rosario ante Aldosivi y la dolorosa eliminación en casa frente a Gimnasia de Mendoza. Desde ese golpe, nada volvió a ser igual. El golpe anímico fue profundo y dejó una sensación persistente: algo se había quebrado puertas adentro.
Porque, aunque intentes recomponer un plato roto, nunca vuelve a su forma original. Esa imagen explica con crudeza lo que terminó siendo un año que parecía de transición, pero que escondía un desgaste mucho mayor. La comisión directiva encabezada por Rubén Moisello llegó exhausta a 2025: el presidente se tomó licencia, el presupuesto fue más austero que en temporadas anteriores y, entre improvisaciones, el entrenador se eligió recién con el calendario ya en marcha. Un lujo que ningún club con aspiraciones puede darse, y menos en una categoría donde el tiempo vale oro.
Ariel Martos, hombre de la casa, asumió ese fierro caliente. Su equipo no enamoraba ni deslumbraba, pero encontraba en la solidez defensiva un punto de apoyo, como quien se aferra a una baranda para no caer. Apostó fuerte por jugadores del club y de la provincia: Guillermo Rodríguez fue una de las novedades, se sostuvo a Mauro Osores, Ulises Vera y Gustavo Abregú, debutaron Tomás García, Leonardo Monroy y Alan Cisnero, mientras Nicolás “Chuny” Moreno sumaba protagonismo. El plan se apoyaba en las individualidades de Juan Cruz Esquivel y Franco “Wachi” García, y los triunfos llegaban, casi siempre, por la mínima. Ajustados, sufridos, pero triunfos al fin.

Sin embargo, el ruido no venía del campo de juego, sino de las tribunas: la imagen de una Ciudadela vacía se volvió cotidiana. La gente había dejado de creer, sin importar los nombres propios. Y allí la responsabilidad también fue dirigencial: no supo satisfacer la necesidad más urgente y visceral del hincha, el ascenso. En una categoría tan áspera como la Primera Nacional, la irregularidad es moneda corriente, pero a Martos no le dieron margen. Cuando quedó en la cuerda floja, sumado a cuestiones personales, decidió dar un paso al costado.
Con el regreso de Moisello tras la licencia, apareció una carta fuerte desde lo simbólico: Mariano Campodónico. Una gloria para seducir al público, aunque su llegada terminó siendo, sin saberlo, el principio del fin de la gestión. Sus antecedentes como entrenador no avalaban demasiado optimismo y el equipo lo confirmó en la cancha. San Martín empezó a recibir goleadas y se alejó incluso de aquella imagen inicial del éxodo a Santiago del Estero por Copa Argentina ante River, que había despertado ilusión.

El equipo perdió identidad, le costó ganar y, peor aún, le costó hacer goles. El desenlace estaba anunciado. La clasificación al Reducido llegó con lo justo y sin ventaja deportiva. En el primer cruce eliminatorio, ante Deportivo Morón en Buenos Aires, el 0-0 fue tan elocuente como alarmante: San Martín no generó situaciones claras. Insólito para un club de su magnitud, condenado otra vez a penar en la Primera Nacional.
Pero el 2025 todavía guardaba un capítulo más. El hilo se cortó definitivamente y la comisión directiva decidió dar un paso al costado y llamar a elecciones. Una medida saludable, aunque tardía. Se fue sin lograr el objetivo principal, pero dejando como herencia un Complejo y un Estadio en excelentes condiciones, un contraste marcado con lo futbolístico.
El nuevo comienzo tiene un apellido conocido: Óscar Mirkin. El ingeniero inicia su segundo ciclo como presidente, acompañado por Rafael Ponce De León, Nicolás Nasrallah y Facundo Pérez Castro como director deportivo. Para el banco, una ironía del destino: Andrés Yllana, el verdugo en Rosario. La vida, dicen, es un círculo. Con un presupuesto “intermedio”, el nuevo cuerpo técnico ya trabaja con una meta que no admite matices.

El 2026 tiene una sola palabra subrayada: ascenso. El hincha está cansado de promesas que se diluyen y respaldó a esta conducción sabiendo que el reloj corre. Tendrán un año para cumplir antes de las elecciones de 2027. Lo que parecía una temporada de transición terminó siendo un fin de ciclo. Ahora San Martín baraja y da de nuevo, con la ilusión recargada, pero también con la obligación de convertirla, de una vez por todas, en realidad.
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