
Atlético Tucumán atravesó en Junín una de esas tardes que reúnen todos los ingredientes necesarios para que empiece a hervir un caldo espeso de dudas. Sin triunfos en el arranque de la temporada, el único hilo del que colgaba la ilusión de que este equipo podía ser distinto al de 2025 era la propuesta futbolística: protagonismo, intensidad y el arco rival como obsesión permanente. Nada de eso apareció el domingo.
Lo que se vio fue exactamente lo contrario. Un equipo desorientado, incapaz de enlazar más de tres pases seguidos y con una defensa que, hasta ahora, había sido su mayor fortaleza, desbordada por todos los flancos. Un cóctel explosivo que deja una sensación inquietante: Colace todavía no encontró la brújula de su Atlético Tucumán.
Esa identidad que tanto se invoca en conferencia de prensa no se reflejó en la cancha. Peor aún: parece diluirse con el correr de los partidos, siempre de mayor a menor. Cuando la lógica indica que el tiempo debería servir para ajustar piezas y corregir errores, el equipo volvió a mostrar una imagen apática fuera de casa, demasiado parecida a la de más de un año atrás. Una historia repetida que ya tiene forma de pesadilla.
Es cierto: Colace lleva apenas siete partidos. Es poco. Muy poco. Pero si su llegada al banco decano se sostuvo en la idea que supo plasmar en Reserva —con futbolistas experimentados para la categoría y refuerzos específicos—, hoy aquellos laureles parecen lejanos. La influencia del entrenador se percibe casi exclusivamente en el dibujo táctico. Ese 4-1-4-1 que incomoda a casi todos menos a él.

Kevin Ortiz queda atrapado en un rol posicional que lo obliga a relevar en todos los sectores. Y como dice el refrán, el que mucho abarca, poco aprieta. Ezequiel Ham aporta calidad técnica, pero su despliegue defensivo no acompaña las exigencias del esquema. Y lo de Renzo Tesuri resulta aún más difícil de comprender: un futbolista explosivo, cuya mayor virtud es la velocidad, forzado a jugar por dentro, donde pierde espacio, sorpresa y profundidad.
A eso se suman bajas que no encuentran reemplazo. Tras la lesión de Ramiro Ruiz Rodríguez, la banda derecha se convirtió en tierra de nadie: la intrascendencia de Nicola y la floja actuación de Compagnucci —titular pese a rendimientos previos poco convincentes y jugando fuera de su hábitat natural— profundizaron el problema. Improvisaciones que terminan pagando caro.
El ejemplo más claro fue la inclusión del juvenil Vallejo como lateral izquierdo tras la ausencia de Galván, en un partido de alto voltaje emocional. La crónica estaba escrita de antemano: bajo rendimiento y expulsión. Demasiado peso para un pibe en un contexto adverso.
Llegó el momento de que el Míster golpee la mesa. Que juegue con los suyos y muestre algo diferente. El fútbol es un fenómeno tan incierto como simple. Todo está inventado. Como decía Menotti: la heladera en la cocina y el inodoro en el baño. Los inventos son para ingenieros y científicos.

La verdadera revolución en Atlético Tucumán no será crear algo nuevo, sino lograr que el equipo vuelva a jugar bien a la pelota después de tanto tiempo. El sábado, ante Estudiantes de Río Cuarto, las agujas del reloj empezarán a girar con otra velocidad. Y esa presión deberá administrarse con inteligencia antes de que la bola de nieve sea imposible de frenar.
Identidad, intensidad, protagonismo. Todo eso suena bien en el discurso. Pero es tiempo de que el título principal sea otro: resultado.
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